Lucy Rees – La no consciencia del malestar del caballo

A cuestionar el bienestar del caballo y la formación de formadores y jinetes

Se habla del mundo ecuestre como si fuera una entidad unida, aunque es más bien un espectro inmenso fragmentado en mundillos distintos -según el país, la cultura, la tradición, la disciplina, la escuela- mayormente ignorándose o incluso despreciándose mutuamente.

Cada uno tiene su manera propia y correcta de tratar con el caballo, la que cambia poco, pues los innovadores son pocos: Tod Sloan, el “mono en el palo”, que revolucionó el estilo del jockey de carreras; Federico Caprilli, que hizo lo mismo por los saltadores; los hermanos Dorrance, con su perspicacia sobre la doma. Pero para la mayor parte es un espectro conservativo e incluso reaccionario. A veces, una moda, como la de rollkur, pasa como una sombra sobre la superficie y felizmente desaparece pronto, pero se siguen empleando herramientas inventadas hace milenios, maneras de enseñar de hace siglos e ideales igualmente antiguos. Sin cuestionárselas, quizás por el mero hecho del tamaño del caballo que impresiona a muchos, quizás porque el profesor da respeto o la tradición, quizás (me confiesan) por no parecer ignorantes.

Fuera de este espectro hay una franja invisible, infra-rojo o ultravioleta de personas que siguen sus propis impulsos con más o menos éxito, siendo su único problema que no saben adónde dirigirse cuando tienen dificultades.

Hay una nueva generación entrando que sí se cuestiona y está formando un mundillo más, por lo visto, con la misma tendencia de rechazar los demás mundillos ya establecidos, y teniendo así poca influencia sobre ellos. Pero sus preguntas son universalmente justificables a los de cualquier otro mundillo e incluso a los invisibles si queremos sentirnos coherentes en lo que estamos haciendo.

La formación ecuestre no contempla las maneras empleadas por el caballo salvaje para mantenerse sano ni los efectos de su falta en la vida doméstica

Primero, ¿por qué queremos ponernos con los caballos? Es verdad que desde los tiempos cuando nuestros antecesores los pintaron en las cuevas, alguna gente ha sentido una atracción irresistible hacia ellos: se ve en ciertos niños cuando visitan por primera vez a un caballo, aunque no soy psicóloga para saber porqué. Pero, hoy día, los caballos no son una parte imprescindible de la vida cotidiana o militar, nadie está obligado a tratar con ellos, es una elección personal. ¿Por qué? Claro, las razones son distintas: la atracción irresistible, el deseo de la envidia de los peatones, querer entender y cuidar a otro ser vivo, formar parte de un colectivo o lucir en competición, la fascinación de perfeccionar las técnicas o usarles en terapias… y no sé cuántos más. No estoy para evaluarlas sino para apuntar que, a menudo, se ignora la única cosa que las une: el bienestar del caballo.

Bienestar

Quien quiere disfrutar de la compañía equina, no quiere hacerlos sufrir; quien quiere competir, no ganará con un caballo en mal estado; quien quiere la admiración, no la tendrá con un animal maltratado. Hoy día, nadie admira a un maltratador, sea de mujeres, niños o animales. Ya hemos pasado los tiempos en los que se pensó que los animales estaban puestos en la tierra sobre nuestro dominio como dice el Génesis ni que son mecánicos, sin sensación, emoción o capacidad de sufrir como dijo Descartes. Los avances científicos nos demuestran que el caballo tiene centros emocionales igual de grandes y complejos que nosotros, aunque no parece que tengan la capacidad de racionalizar su sufrimiento.

Entonces, ¿por qué el bienestar del caballo está tan ignorado? ¿Por qué no tiene una base firme, estudiada, publicada y legislada, como la de los animales de granja? Por cierto, los malos tratos extremos, como dejarles morir de hambre o sed, están penalizados, pero no hay instrucción ni consciencia general sobre el malestar que implica que el caballo esté encarcelado en un box, por ejemplo, sacándole sin estirarse o calentar un ejercicio exigente en arreas y posiciones incomodas y castigándole por no querer cooperar. ¿Por qué? ¿Es solo egoísmo lo que impide a la gente que piense de manera inadecuada en la que se mantienen y tratan a los caballos? ¿Ignorancia?

La cuadra, en el modelo de mantenimiento normal en las hípicas y los cursos de formación, es un entorno profundamente estresante para los caballos

El problema es que no sabemos cómo definiría un caballo las condiciones para su bienestar, una falta que se extiende a los científicos que deben ser capaces de informarnos. No hay por ejemplo estudios que demuestren cuáles son los mejores tamaños y composiciones de caballos en grupo, ni cuánto espacio necesita cada grupo, ni la mejor manera de reparar la falta de la educación social en la vida temprana. Y en este punto nuestras preguntas van en dos direcciones: ¿Qué es este animal? Y ¿cómo aprendemos a tratarle?

La primera es la materia de la etología, asunto en el que hay cada vez más interés, aunque mucha mala información. Como he indicado, hay una equivocación común: la de identificar la agresión con la dominancia y la autoridad. Este error (del cual la raza humana ha sufrido tanto también) tiene dos efectos.

  • Uno es la de animarnos al uso de la violencia para “someter” al caballo, reflejado de forma menos abierta en la práctica de aumentar una presión hasta causar dolor. Hay una percepción de que tenemos que hacer sentir incomodo al caballo hasta que haga lo que queremos, sin cuestionar si esta es la manera más efectiva de aprender que tiene el animal ni, por supuesto, si esto presupone un sufrimiento por su parte.
  • La segunda consecuencia de este error es la de ver la agresión, visto a menudo entre grupos de caballos domésticos, como su manera de “trabajar la jerarquía” en vez de una indicación de malestar. Los caballos salvajes no exhiben estos niveles de agresión. Pues ¿qué estamos haciendo mal? Comparando las condiciones en las que vive el caballo salvaje con las domésticas nos revela los problemas que causamos.

La formación

Pues, ¿cómo aprendemos? Es triste, pero la verdad es que donde aprendemos –en las hípicas y en los que admiramos, los competidores– a menudo se ven los peores ejemplos de malestar. Los estudios recientes demuestran que más del 90% de los caballos de carreras en entrenamiento tienen úlceras gástricas. Pero los caballos deportivos no escapan a esta lacra: hasta el 90% de los caballos de Raid en competición las tienen, los niveles cambian, siendo solo un poco menos, en los caballos de otras disciplinas. E incluso los caballos de ocio salen con un 50%. Por lo visto –los estudios están en progreso- una gran parte de este problema es el hábito de darles grano o pienso. Ya hemos sabido desde hace tiempo que sobrealimentar con pienso da problemas de muchas formas, pero que el mero hecho de darles grano perjudica su bienestar es algo novedoso de verdad. Y da lugar a más preguntas: ¿Cómo se mantiene un caballo atlético y lleno de energía sino con pienso? ¿Cómo convencemos a las compañías de pienso, que intentan que sus productos mantengan al caballo en buena salud, que están vendiéndonos problemas?

Aparte de su nutrición está el asunto del trato y de cómo se está enseñando actualmente la monta del caballo y, por eso, la cuestión de la formación de los que los enseñan. Los malos tratos que pasan desapercibidos en muchas hípicas no son algo consciente, sino que simplemente no son vistos como malos tratos. La desensibilización y depresión del caballo usado para dar clases a los principiantes está visto como inevitable. No se cuestiona si hay mejores métodos de enseñar, porque el monitor mismo estaba enseñado así y además su formación confirma que estos métodos son los “correctos”. Sin embargo, hay profesores de monta, no solo en España sino también en muchos otros países, que han cuestionado y pensado y han terminado por elaborar esquemas de enseñanza en el que el sufrimiento del caballo y su apatía no son inevitables: la equitación centrada de Sally Swift quizás es el mejor ejemplo conocido, pero hay muchas otras.

La inseguridad y el rigidez del principiante dan más problemas hoy día, necesitando nuevas maneras de enseñar.
Nota el cambio de las expresiones del caballo, agobiado hasta que siente a la chica equilibrada y relajada.
El caballo de clase no debe sufrir

Estos profesores han visto que nuestra sociedad ha cambiado tanto que los alumnos no tienen la consciencia del cuerpo, la propiocepción y el atletismo que estaban acostumbrados en los tiempos en los que se desarrollaban los métodos de enseñanza usados actualmente en la formación del monitor. Tampoco es normal en la vida moderna estar rodeados de caballos en la calle, pues la gente tiene bastante más miedo de ellos que antes, sintiendo una ignorancia enorme hacia este animal. Es tiempo de cuestionar la forma de introducírsela al caballo y la formación de los que harán esta introducción.

De la misma forma, creo que es tiempo de cuestionar la formación del domador, la cual no se incluye el estudio de cómo aprende el animal al que está enseñando, ni contempla el mantenimiento del potro en grupos en libertad, aunque está comprobado que esta facilita su doma.

¿Y la formación del juez? ¿Cuándo vamos a ver la aplicación verdadera de este criterio admirable de la FEI, el atleta feliz?

En general, es hora de adaptarnos a los tiempos, reconociendo e incorporando nuestros nuevos conocimientos, nuestra nueva sociedad y nuestras nuevas sensibilidades y debilidades en el mundo ecuestre. Esto pasa por cuestionarnos a nosotros mismos y a las autoridades que definen nuestros criterios. En este momento, la autoridad no ha de verlo como una ofensa sino como una oportunidad de explicar porqué.

*Foto de portada: Hiperflexion. La doma moderna suele implicar mucha presión y sufrimiento al caballo, lo que un juez debe ser capaz de detectar en el rendimiento final.

Texto y Fotos: Lucy Rees Articulo aparecido en la revista Galope