Lucy Rees – ¡Estampida!

Adelante, la vasta planicie de los Llanos, salpicada con vacas blancas y grupos de caballos. Un vaquero, tan pequeño que no se distingue excepto por el paso andaluz de su caballito y el movimiento saltando de su sombrero de paja, aparece de lejos.

Estoy en el sur de Venezuela con mi curso anual, observando 140 criollos cimarrones, la manada más grande aún existente. Este año me centro en estudiar sus tácticas de defensa. Mientras está claro que el escapar de los depredadores fue la mayor influencia sobre la morfología y comportamiento del caballo durante su evolución, no hay datos científicos sobre este tema, mayormente porque las poblaciones estudiadas no sufren de depredación seria: los mustangs y los ponis de las islas de los EEUU, los cimarrones de Nueva Zelanda y Japón o los ponis de la Camargue, es decir, las poblaciones usadas para los estudios científicos, viven en zonas donde los depredadores son firmemente controlados o no existen. Aquí en los llanos, abundan a niveles naturales. Los caballos pierden uno de cada seis potrillos en manos del puma y el jaguar, calculo. Los vemos espantarse y huir de movimientos no identificables, por si acaso fuera puma. Además, reaccionan con las mismas tácticas a los vaqueros que vienen a recoger las vacas que comparten su espacio.

Se dice siempre que el caballo huye del peligro, cosa que nos impresiona mucho y nos lleva a ponerles embocaduras fuertes y una doma de mucha disciplina hasta que nos convencemos que no lo harán. Ya sabemos, no siempre funciona. Sin embargo, al estudiar sus tácticas de defensa se ve que la huida es la última etapa de una secuencia que puede pararse en cualquier punto, nunca llegando a la huida. Nos da unas ideas distintas sobre como tratar con este problema.

Vemos, inmediatamente delante, una banda de 5 con su semental. Una yegua separada de los demás por algunos 40m. se da cuenta del vaquero, levanta brevemente su cabeza, se gira y camina con determinación hacia la banda, escondiéndose entre ellos. El semental levanta su cabeza, rápidamente alzándola más cuando ve el vaquero. Es una señal de alarma para los demás caballos, que se juntan alrededor de él. Todos se dan la vuelta en sincronía y empiezan a caminar con prisa hacia otra banda grande de caballos cerca.

Al sentirse inseguros los caballos se agrupan y se marchan.

Al ver su manera de acercarse, esta banda también se agrupa y empieza de moverse, mientras las bandas alrededor se agrupan y corren hacia ellos. Lo que impresiona es que ahora el vaquero no está visible, ha desaparecido entre árboles: todos están asustados por las señales de los demás, no por el “peligro”.

Al asustarse, lo mismo pero con más intensidad: corren para agruparse antes de tener claro en cual dirección huyeran.
Ya hay 60 o más caballos empezando a galopar todos apretados, con otras bandas corriendo hacia la manada y juntándose con ella. De repente aparece una línea de vaqueros al norte, asustando a las vacas en una estampida. En ellas vemos las mismas tácticas: se agrupan, uniendo los grupos hasta formar un río turbulento de blanco. Los caballos se unen con ellas, visibles solo por sus colores, y en un bloque cientos de animales corren en pánico hacia el sur, donde a tres kilómetros están los corrales.

La huida sincronizada, la defensa común a muchos animales de presa que viven en grupos. Al juntarse y huir juntos, confunden el ojo del depredador, que no puede distinguir donde atacar. Entonces cuando más cuerpos, más efectivo. Por eso, se agrupan antes de huir.
Cuando está claro adonde van, algunos caballos se separan a un lado del flujo, seguido por otros y finalmente todos, y todo la manada hace un giro inmenso, volviendo a la sabana abierta y vacía desde donde pueden ver claramente. Los vaqueros no tienen utilidad para ellos.

Poco a poco el pánico desminuye, galopan más despacio, trotan, andan a paso, y se paran, relinchando para localizar su potros y amigos hasta reformar sus bandas originales.

Después de una hora, todas estas bandas están separadas y descansando en círculos muy apretados, casi tocándose, cabezas adentro y con el semental en posición central, como si fuera que solo el olor de él y sus compañeros reafirmen los vínculos y la seguridad de la banda.

Análisis. Reflexionamos sobre este incidente y entendimos tanto…

Primero, viven en bandas, y buscan compañía cuando se sienten inseguros. Por eso, las cuadras con paredes que no les permite ver todo el cuerpo de los demás les estresan más que aquellas con barras, las de barras más que los corrales, los corrales más que el prado.

Segundo, evitan las zonas donde han tenido sustos, en este caso los bosques que esconden jaguar y puma…como evitan pastores eléctricos, los remolques que asocian con fustazos y miedo, o la gente que les han asustado y dañado.

Tercero, la señal de peligro es la sacudida brusca por arriba de la cabeza que marca la diferencia entre vigilancia y alarma…como nuestros movimientos bruscos cuando intentamos controlar por la fuerza a un caballo asustado, o nos enfadamos, y le asustamos más.

Cuarto, cuanto mayor es el miedo, más buscan perder su identidad y sincronizar sus movimientos con los demás. La yegua se escondían entre su banda, la banda se escondía en la manada, la manada se escondía en las vacas, fusionándose hasta el punto que no se distingue nadie entre la masa. Amenazados, intentan no destacarse sino sincronizarse con los demás, perdiendo su individualidad entre una masa de cuerpos. Hemos visto también que un caballo cojo u infirme, que no puede galopar con los demás, busca su seguridad con vacas y se sincroniza con ellas. También vemos, a menudo, que una banda calmada es capaz de recibir y calmar a un miembro asustado llegando a galope, y que una manada calmada para y tranquiliza una banda asustada de misma manera. En estos casos los asustados se sincronizan con los calmados.

Los experimentados con caballos ya saben y aceptan los tres primeros puntos: ven que el caballo reacciona instintivamente, y que somos nosotros los que tenemos que aprender a no movernos ni comportarnos de manera que se disparen estos instintos. Sin embargo el cuarto punto, lo de juntarse con los demás y sincronizar sus movimientos con ellos, recibe poca atención en nuestra formación, la doma o la monta, aunque hay evidencia amplia que en un apuro el caballo lo aplica a nosotros como a la vaca.

Un ejemplo es lo del potro que nos busca cuando tiene miedo; otro es la manera en que los caballos nos siguen, a veces incómodamente cerca, pie a tierra a través de un tramo difícil que no pasan montados. Creo que muchos buenos competidores, que ponen sus caballos en situaciones donde se sienten amenazados por las luces, las banderas, los altavoces y el movimiento, comparten la experiencia que el caballo bien preparado está más atento a su jinete en estas condiciones, buscando fusionarse con él de manera raramente sentida durante su entrenamiento. El rejoneador que dirige su caballo solo con su cuerpo está aprovechando no simplemente de su buen entrenamiento sino también del instinto del caballo a sincronizarse, perder su identidad en un unidad más grande, cuando tiene miedo: busca ser centauro.

Nuestro reto, entonces, no es ¿cómo impedimos que huya? Sino ¿cómo fortalecemos su instinto de buscar sincronizarse con nosotros cuando tiene miedo?

Primero, hay que ver que en una manada, los miembros no se comportan de manera ofensiva a otros. Los mayores insisten en que los jóvenes no les ofendan, por medio de rechazarles cuando pasan los límites del comportamiento agradable, pero por su parte tampoco pasan estos limites. En cambio a menudo no respetamos las sensibilidades de nuestros caballos.

Invadimos, sin pensar, sus cuadras; dirigimos la manguera a su cabeza aunque vemos que lo odian; les atacamos con el rasquete, lanzamos la montura encima, les cinchamos bruscamente, y agitamos fustas de manera francamente ofensiva y no necesaria. Aprenden aguantar estas ofensas, sí; pero no les anima a buscar nuestra compañía cuando tienen miedo.
Segundo, un caballo que nos asocia con dolor – de la boca, de la espuela, de la fusta – no nos asociará con la seguridad que busca cuando tiene miedo, sino intentará escapar de nosotros. Como sabemos, es capaz de ignorar el dolor impuesto y desbocarse.

Tercero, quienes tenemos que aprender a controlar en las situaciones de miedo, somos nosotros mismos, no el caballo. Creo que para nosotros es lo más difícil en todo el manejo y monta: crear la sensación de seguridad y calma que el caballo busca, cuando lo que nos sale más fácil es el terror de perder control.

Finalmente, la práctica, para los dos, siempre ayuda. Mientras las sesiones en el picadero redondo están específicamente dirigidos a enseñar al caballo a buscarnos y sincronizar con nosotros cuando se siente amenazado, hay técnicas más sencillas. La primera es la de no ofender al caballo mientras no nos ofenda a nosotros, como si fuéramos miembros de su manada. Nos controlamos para no castigar el caballo cuando tiene miedo, sino intentar mantenernos tranquilos y darle confianza, infectarle con nuestra calma. Llevar el caballo de ramal en sitios nuevos mostrando que estamos en manada juntos, no tenemos miedo y sabemos donde ir ayuda a crear este vínculo: con un caballo recién adquirido, lo que no sabe donde está, es más adecuado sicológicamente pasear con él del ramal durante unos días que montarle en inmediato. Pasar obstáculos al suelo, del ramal o montado, le anima a ver que nuestras ayudas son de verdad ayudas para solucionar un problema, no controles que le agobian.

Montar más con el cuerpo, con menos dependencia de la ayudas severas, para que se siente parte de un centauro seguro; estar más atento a las primeras señales de miedo y dirigir nuestra atención a su causa, como el semental protector; premiar las pequeñas señales que el caballo está buscando nuestra ayuda: estas prácticas convencen no sólo al caballo sino también a nosotros, que la huida no tiene que llegar cuando hay compañía de confianza con la cual puede sincronizar sus movimientos y emociones.

Y lo bueno es que este es el comportamiento natural del caballo. No tiene que aprenderlo, ya que es exactamente lo que hace el caballo salvaje cuando sospecha que hay un puma. La único que tiene que aprender es aplicar este instinto a nosotros, por lo cual tenemos que mostrarnos dignos de su confianza.

El paseo de ramal es la técnica más sencilla para convencer al caballo que estamos en manada juntos. Para el potro castaño, es su primer paseo de ramal: le hemos puesto una cuerda para la primera vez hace pocos minutos.

Al encontrarse en una situación insegura, el potro naturalmente sigue buscando la compañía de su compañero aunque avanzar aumenta su inseguridad. También su primer paseo: estamos estableciendo ya un vínculo de confianza.

La falta de tal confianza provoca este potro a intentar huir cuando se alarma. Al enfrentarle y tirar de la cuerda, sincroniza con nosotros aunque de manera que no deseamos: nos enfrenta también y tira. Será más apto darle la espalda y empezar a caminar, cuando el potro nos seguirá intentando juntarse con nosotros.

Al practicar montar usando el cuerpo, abrimos la posibilidad que estamos creando el centauro que el caballo quiere ser. Al ver la tranquilidad y armonía de esta foto, es fácil que pensamos “pero claro, el caballo es un penco: el mío tiene chispa y es por eso que no me deja montarle así”.

Pero al aumentar la foto vemos que su hocico demuestra que su monta anterior ha sido una pelea brutal para intentar controlarle cuando quería escapar. No había encontrado la relación que le anima buscar su jinete y sincronizarse con él.