Raquel Guimerà – Equitación consciente y embarazo.

Uno de los shocks más grandes que tuve al quedarme embarazada, fue el darme cuenta de que, de repente, la sociedad me consideraba una mujer enferma. No se me permitía hacer esto, ni lo otro, ni lo de más allá. Y, por supuesto… nada de montar a caballo. “Porque te puedes caer”, “Porque podrías provocar un aborto”, “Porque es peligroso” y, en esencia, porque NO. ¡La presión social, familiar, mediática y cultural es tremenda! Así que te bajas del caballo y te montas encima de una pelota de pilates, ¡para acabar descubriendo que se intenta que reproduzcas el mismo tipo de movimiento pélvico que realizarías montando! ¡Qué ironía!

Sin embargo, los mitos me pudieron y reconozco que, por miedo, no monté a caballo durante mi primer embarazo. Cuando llegó mi momento de dar a luz, sin embargo, los veinte años de intensa equitación que llevaba a espaldas se adueñaron de mi cuerpo, para recordarle que sabía cómo moverse. Fue totalmente instintivo, pues mi pelvis sabía rotar, estaba activa, desbloqueada, flexible. Y el parto fue fácil, corto e increíble. Por algún motivo, no pude evitar relacionarlo con el hecho de haber montado a caballo durante tanto tiempo, y me propuse investigar al respecto.

Después de haber hablado con mujeres amazonas y con especialistas del ejercicio físico para embarazadas, he llegado a la conclusión de que la equitación puede ser una práctica extremadamente beneficiosa durante el embarazo, no sólo de cara a la preparación física para el parto sino también para el bienestar emocional de la mujer gestante. Una de las palabras más usadas por las madres amazonas para describir sus partos fue “fácil” y, sin embargo, me sorprendió descubrir que tan sólo un tercio de ellas relacionaban dicha facilidad con su práctica de la equitación. Resulta evidente que la equitación favorece la movilidad de la pelvis, que es la estructura ósea protagonista durante el parto, pero, ¿de qué modo?

En el plano físico, montar a caballo fortalece los músculos de la espalda, piernas, abdominales y glúteos, mejora el equilibrio y la coordinación corporal, y proporciona a la columna vertebral la capacidad de absorber impactos, proporcionar puntos estables a los brazos y facilitar el control de la zona pélvica. Para mí, es en éste último punto donde se halla el secreto que hace la equitación especialmente adecuada para mujeres que van a parir en algún momento de sus vidas. El movimiento tridimensional del caballo provoca oscilaciones en el jinete en las tres dimensiones del espacio (retroversión y anteversión, inclinaciones laterales, rotación, elevación y descenso) y, gracias a ello, se facilita la disociación entre las cinturas escapular y pélvica, posibilitando el movimiento del tronco sobre los isquiones. A partir de estos movimientos tridimensionales, se producen otros de cizallamiento en las fascias que conllevan, además, un beneficio a nivel visceral.

Curiosamente, sin embargo, más del 60% de las mujeres encuestadas que reconocieron que habían continuado montando a caballo durante sus embarazos, lo hicieron por motivos de bienestar emocional antes que físicos. Todos los que estamos en contacto con caballos sabemos que la equitación mejora el estado anímico y proporciona autoestima y autoconfianza, además de favorecer la concentración y disminuir el estrés o las preocupaciones cotidianas

. El contacto con los animales y la naturaleza se ha demostrado extremadamente positivo para la salud emocional de las personas, y aún más en el caso de mujeres embarazadas, cuya sensibilidad se ve aumentada. El movimiento del caballo también juega un importante papel en el plano psicológico, ya que estimula el libre movimiento del cinturón pélvico, que como centro motor del cuerpo que es induce a la liberación de emociones reprimidas y bloqueos psíquicos.

Durante el embarazo, los ligamentos y las articulaciones se vuelven más flexibles debido al aumento de hormonas tales como la relaxina y la progesterona. Los ligamentos que unen los huesos de la pelvis se aflojan para aumentar la elasticidad de las caderas y permitir la máxima apertura del canal de parto durante la fase de expulsión del bebé. Si a estos factores endocrinos naturales añadimos un cierto entrenamiento de la zona pélvica, obtenemos un alto porcentaje de partos exitosos, cortos y fáciles.

Sin embargo, para que la pelvis pueda trabajar adecuadamente durante el parto y beneficiarse de su flexibilidad y movilidad, es imprescindible que la mujer pueda moverse libremente durante todo el proceso, adoptando las posiciones que le apetezcan de forma instintiva y desinhibida. Si el parto es dirigido, controlado e inmovilizado, la pelvis no puede colaborar y se perderán sus cualidades por muy entrenada y elástica que esté. Y, desde esta perspectiva, sumo otro motivo por el que creo que la práctica de la equitación es beneficiosa para las mujeres embarazadas, particularmente para aquellas que no son amazonas habituales: el empoderamiento. Empoderamiento que implica el control de sus cuerpos, de sus decisiones, de sus movimientos y, sí, también de sus partos. Los caballos no solamente desinhiben el cuerpo, invitándolo ineludiblemente a un movimiento sensual y balanceante de la zona pélvica, sino que, si les dejamos hacerlo desde el máximo respeto y humildad, también acompañan a los humanos hacia un estado de poder sereno, en el que tomamos consciencia de nuestras capacidades, adquirimos seguridad en nosotros mismos, confianza y determinación.

Curiosamente, encuentro grandes similitudes entre la gestión tradicional de los partos y la doma tradicional de los caballos. Durante mucho tiempo, se ha erradicado la sensibilidad de ambas prácticas, anulando a su protagonista – ya fuera mujer o caballo – mediante el uso de la fuerza y me atrevo a aventurar que por causa del miedo a perder el control. Afortunadamente, vivimos en época de cambios y surgen cada vez con más fuerza y frecuencia personas dispuestas a transformar las prácticas tradicionalmente impuestas y socialmente aceptadas en muchos ámbitos de la vida. Entre ellos, la equitación. Pero también los alumbramientos. Empezamos a querer tratar con los caballos admirando su poderío en vez de temerlo, aproximándonos a su fuerza con respeto y no con intenciones de doblegarla, con sensibilidad y sin violencia. Y las mujeres que paren empiezan a levantarse de las camillas y a reivindicar su derecho a mover las caderas para parir, a no ser anuladas, a no ser atadas.

Y es en esta época de cambios que invito a las mujeres que quieran parir por ellas mismas a subirse encima de un caballo durante su embarazo, para descubrir que esta fuerza demoledora moviéndose entre sus piernas puede preparar sus caderas para el baile que tendrá lugar cuando sus cuerpos tengan que abrirse para alumbrar vida. Invito a romper los tabúes y a no tener miedo, a tomar las riendas y a atreverse a mover el cuerpo. A recuperar la fuerza ancestral de las mujeres y la fuerza ancestral de los caballos. A fusionarlos a ambos en vez de anularlos, y dejar que ambos se imbuyan de confianza mutua.