Sandra de Isidro – Cada vez que me encuentro un nuevo caballo.

Cada vez que me encuentro frente un nuevo caballo… observo. Necesita reconocer ese espacio que hemos delimitado y familiarizarse con él; aunque lo conozca, tiene que explorar.

Miro atenta cada gesto, manera de oler; solo necesito mirar cómo se desenvuelve para ir sabiendo cómo moverme yo después.

Cuando el caballo se relaja puedo entrar a interactuar y mi trabajo es ahora crucial pues es mi primer contacto con él, siendo algo que marcará esa relación. Si obvio sus tiempos se sentirá presionado y entrará al círculo o pista con una energía que no nos ayudará, ni en ese aprendizaje ni en esa relación que queremos entablar. Prefiero ser más sutil de lo estrictamente necesario; evitar toda brusquedad porque si veo que necesita más energía, solo tengo que subir mi nivel. Sin embargo, si el caballo resulta ser muy sensible y nos extralimitamos en presiones, nos llevará mucho trabajo reconducirlo.

En el caso de un caballo ya domado, le proporciono tiempo antes de entrar y si no es capaz de relajarse por sí mismo (por las malas experiencias que ha tenido a lo largo de su interacción con el humano o porque es más nervioso, miedoso o similar), entonces sí que me salto ese paso porque lo que quiero es que se relaje; demostrarle que conmigo está a salvo. Más tranquilo en definitiva, mejor. Sin darnos cuenta hemos trabajado nuestro principal objetivo: la confianza.

Con todos los caballos siempre realizo los mismos ejercicios de esta manera: voy confirmando carácter y reacciones. Siempre con el objetivo de saber cómo comportarme con él.

Cada paso y cada ejercicio tiene una finalidad; todo tiene un porque. Nunca le pido nada que  yo no necesite, ¿para qué?

¿Es su primer contacto con el humano? Pues trabajo la confianza con el método “acercarme y alejarme”. Me explico: una vez dentro del redondo y mirando siempre la expresión corporal del caballo, mido si está tenso o si me acepta. En caso de aceptarme, me acercaré hasta que vea algo de tensión en él y en cuanto se tense, le volveré a dar el espacio hasta que se destense. De esta manera, él irá viendo que aunque me acerque no pasa nada y se relajará cuando vuelva a tener su espacio vital libre. Siempre claro está, que nosotros seamos conscientes y conozcamos perfectamente la expresión corporal que tenemos nosotros mismos en ese momento porque recordemos que ellos son expertos en el lenguaje corporal y aunque queramos estar relajados, si realmente no lo estamos, lo único que estoy haciendo es contagiarle más tensión de la que ya tiene y desde ahí es imposible que se pueda relajar.

Si en el momento en que me acerco él se mueve, debo mantener la misma distancia hasta que se detenga porque si cuando estoy invadiendo su espacio, él huye y comprende que huyendo consigue lo que quiere (en este caso es librarse de nosotros), entonces somos responsables de ese aprendizaje. Le acabamos de enseñar a que se marche cuando nos acercamos: ¡justo lo contrario de lo que queremos!

Siendo conscientes de lo que nos dice el caballo y actuando todo lo suave que podamos, veremos claramente cuál es el límite en ese momento y de ese caballo. La técnica de “acercar alejar” nos deja trabajar la confianza entrando en su espacio para al final llegar a olernos; que es su: “¿Quién eres tú?” Esa es nuestra siguiente meta, las metas nos las vamos a ir poniendo pero no nos podemos cegar con ella; sé cuál es mi meta pero no es necesario llegar a ella ni hoy ni nunca. El caballo será el que decida cuando llegar a ella. Si nos centramos en conseguir algo, nos desviaremos de nuestro trabajo que consiste en que el aprendizaje sea siempre positivo y dejando siempre al caballo con ganas de volver. Si no hemos conseguido esto, bajo mi forma de entender el caballo, es un trabajo mal hecho.

¿Conoce al humano pero no una cabezada?

Pues le voy a presentar las cuerdas y a desensibilizarlo. El primer paso es saber qué acepta y qué no; eso le corresponde únicamente al caballo. Me acercaré hasta él para ver si puedo tocarle por todos lados; atenta siempre a las tensiones para saber qué es lo que tengo que trabajar antes de presentar cualquier objeto (que en este caso es la cuerda).

Cuando ya he comprobado que me acepta el tacto por todo su cuerpo, es el momento de las presentaciones. Dejo la cuerda en el medio del redondo y me acerco como manada junto a él para oler este nuevo objeto que no conocemos. Lo conoceremos juntos y de esta forma, si él es muy sensible o asustadizo, verá que no hay problema alguno. Una vez hecho este primer acercamiento, manejaré la cuerda con suavidad para que vea que aunque se mueva, no pasa nada. Este es el momento para acercársela; desde la tranquilidad, sin tensión. Le acariciaré con la cuerda de la misma manera que antes, es decir, “te acaricio por donde me permites” hasta que noto tensión y vuelvo donde sé que no hay problema. Así iré ganando cada vez más terreno hasta que por fin tendremos una desensibilización completa ante este nuevo ejercicio. En mis manos esta que aprenda con curiosidad: de esta forma siempre será un aprendizaje que le guste, le interese y coopere.

Quiero que disfrute, que tenga ganas de “trabajar”, que me vea como un niño al que le dicen: “nos vamos de excursión”. Ese es mi trabajo, ese es mi fin: un par de amigos compartiendo un rato agradable.